La Corona de la Serpiente

La Corona de la Serpiente

Un reino a la deriva, un príncipe maldito y la profecía de una diosa durmiente

by Sole Nieto

40 chapterses-ES

En el opulento reino de Valedorn, el lujo de la corte oculta una oscuridad que respira bajo sus cimientos. Lyra Vale, una ladrona con el don prohibido de la videncia, no busca salvar el mundo; solo busca respuestas sobre la muerte de su madre. Pero cuando sus visiones la llevan al corazón del palacio de Mirrorgate, su destino se entrelaza con el de Cassius Valedorn, un príncipe exiliado cuya piel se torna en escamas negras por una maldición de sangre. Mientras los terremotos místicos agrietan la prisión de Nerezza, una diosa serpiente olvidada, Lyra y Cassius deben forjar una alianza nacida de la desconfianza y la necesidad. Perseguidos por flotas imperiales y traicionados por quienes juraron protegerles, se adentrarán en un viaje donde la tensión se convierte en una obsesión ardiente. Cada visión consume la cordura de Lyra. Cada estallido de magia acerca a Cassius a la pérdida total de su humanidad. En un mundo de cristales de vidriodraco y conspiraciones palaciegas, su amor será la última muralla contra el caos... o la chispa que reduzca el imperio a cenizas. ¿Podrán detener el despertar de la serpiente antes de que el mar reclame su hogar?

  • Romance
  • Fantasy
  • Adventure
  • Romantic Fantasy
  • Enemies to Lovers
  • Sword & Sorcery

Máscaras de Plata y Sal

La noche olía a sal, oro y pecado.

Desde la cubierta del Viento Gris, Lyra Vale observó las luces de Mirrorgate reflejarse sobre las aguas oscuras. La ciudad flotante parecía un collar de diamantes extendido sobre el mar: puentes iluminados, casinos de cristal, mansiones suspendidas sobre pilotes de mármol y cientos de embarcaciones ancladas alrededor de la bahía.

Los ricos acudían allí para perder fortunas.

Los desesperados para recuperarlas.

Y los criminales, como ella, para aprovecharse de ambos.

—Si sigues mirando así la ciudad, cualquiera pensará que vienes a admirar las vistas.

Lyra sonrió sin apartar los ojos del horizonte.

—Y cualquiera que te escuche hablar, Dorian, pensará que tienes algo inteligente que decir.

El hombre soltó una carcajada.

—Eso ha dolido.

—Sobrevivirás.

Dorian se apoyó en la barandilla junto a ella. Era alto, de barba oscura y sonrisa fácil, uno de los pocos hombres en los que Lyra confiaba.

Lo cual seguía siendo una cifra peligrosamente baja.

—Última oportunidad para echarte atrás —dijo él—. Entramos, robamos el artefacto, salimos. Sin heroísmos. Sin improvisaciones.

—Sabes perfectamente que no hago ninguna de esas dos cosas.

—Precisamente por eso estoy preocupado.

Lyra se ajustó la máscara de plata que colgaba de su cinturón.

La invitación al baile real estaba escondida en el interior de su chaqueta. Había costado tres semanas de planificación, dos sobornos y una cantidad obscena de dinero.

Todo para robar una pequeña reliquia custodiada en el palacio flotante de Mirrorgate.

Una reliquia que, según sus compradores, pertenecía a la familia real.

Una reliquia que alguien estaba dispuesto a pagar lo suficiente como para retirarla durante un año entero.

Eso era más que suficiente para despertar el interés de Lyra.

—¿Sigues sin querer decirme qué hace exactamente ese artefacto? —preguntó Dorian.

—No.

—¿Ni siquiera tienes curiosidad?

—La curiosidad es una forma elegante de morir.

—Y el dinero es una forma elegante de vivir.

—Exactamente.

Las campanas de la ciudad comenzaron a sonar en la distancia.

La gala estaba a punto de empezar.

Lyra descendió por la pasarela y se mezcló con la multitud que avanzaba hacia el puerto principal.

Vestidos de seda. Capas bordadas.p

Joyas que valían más que barcos enteros.

Todo aquel lujo siempre la hacía sentir incómoda.

No por envidia.

Por rabia.

Porque había crecido viendo a familias enteras pasar hambre mientras la nobleza celebraba banquetes imposibles.

Porque recordaba demasiado bien el día en que la corona había condenado a muerte a su madre.

Apretó los dientes y se colocó la máscara de plata sobre el rostro. A partir de ese momento, ya no era Lyra Vale, la huérfana de los muelles. Era una dama de alta cuna, una invitada más en el Palacio de Cristal.

El acceso al palacio era un espectáculo de opulencia que desafiaba a la gravedad. Los salones flotantes se mantenían suspendidos mediante masivos pilotes de mármol que se hundían en el lecho marino, pero la verdadera magia residía en los miles de cristales de vidriodraco que decoraban las paredes. Esas gemas luminosas emitían una luz dorada y cálida, bañando a los invitados en un fulgor casi divino. El aire estaba saturado de perfumes importados, del dulzor del vino de Valedorn y del murmullo constante de risas ensayadas.

Lyra cruzó el umbral mostrando su invitación falsificada al guardia de la entrada. El hombre apenas la miró, distraído por el brillo de las joyas de la duquesa que iba justo delante. La falsificación de Dorian era, como siempre, una obra de arte.

Una vez dentro, se movió con la fluidez de un fantasma entre la multitud. Su objetivo real no era el oro de los nobles, sino el Ojo del Abismo. Aquella joya de vidriodraco negro no era un simple capricho de coleccionista. Pertenecía a su madre. Había sido confiscada por la corona el mismo día de su ejecución, guardada bajo llave en las profundidades del palacio como un trofeo de guerra. Recuperarla era la única forma de desenterrar las respuestas que la atormentaban desde hacía una década.

Mientras rodeaba la pista de baile, esquivando a parejas que giraban al compás de una música lánguida, el suelo pareció desvanecerse bajo sus pies.

El aire a su alrededor se congeló.

Las luces doradas de los cristales de vidriodraco se tiñeron de un azul espectral. Lyra parpadeó, pero el gran salón ya no estaba allí. En su lugar, vio las imponentes paredes de cristal del palacio agrietarse con la violencia de un rayo. Un crujido ensordecedor resonó en su mente cuando la estructura comenzó a ceder. Agua negra, densa y gélida como el vacío, reventó las cristaleras, inundando el salón y arrastrando los cuerpos sin vida de los nobles bajo las olas encrespadas. Sintió la presión del agua en sus propios pulmones, el sabor amargo de la sal y el miedo más absoluto.

Alguien la empujó levemente al pasar y la visión se disipó tan rápido como había llegado.

Lyra se tambaleó, apoyando una mano contra una columna de mármol para no caer. Su respiración era agitada, y el sudor frío le empapaba la nuca. El salón seguía intacto. Los nobles seguían riendo. Las lámparas de cristal continuaban brillando con su habitual luz dorada.

—Solo ha sido un eco —susurró para sí misma, forzándose a calmar los latidos de su corazón. El don de la videncia era una maldición silenciosa que odiaba con cada fibra de su ser. Ignorar la advertencia de sus visiones solía ser peligroso, pero retroceder ahora significaba perder la única pista sobre el pasado de su madre. No iba a acobardarse por una pesadilla despierta.

Se enderezó, se ajustó la chaqueta y se dirigió hacia los pasillos traseros, alejándose del bullicio de la fiesta.

El camino hacia la cámara del tesoro real requería sortear tres patrullas de la guardia y dos pasadizos de servicio que Dorian había memorizado de los antiguos planos de la ciudad. El ambiente aquí era muy diferente al del gran salón; el aire era húmedo, con el persistente olor a mar que subía desde los cimientos flotantes del palacio. Lyra avanzaba pegada a las sombras, esquivando los focos de luz con la destreza que solo se adquiere tras años de sobrevivir en los callejones oscuros de Mirrorgate.

Cuando finalmente llegó ante la imponente puerta de roble y hierro de la cámara del tesoro, se le cortó la respiración. La seguridad era mucho mayor de lo que Dorian había previsto. El pomo de la puerta no tenía una cerradura corriente; en su lugar, un intrincado mecanismo de vidriodraco brillaba con una runa mágica activa. Era un cerrojo de sangre, una de las defensas más complejas de la dinastía Valedorn.

—Estupendo —masculló Lyra, extrayendo de su bota un juego de ganzúas de aleación especial, diseñadas para alterar las vibraciones de los cristales mágicos—. Nadie dijo que fuera a ser fácil.

Se arrodilló ante el mecanismo. Sus dedos, firmes y precisos, comenzaron a trabajar sobre los pequeños engranajes de cristal. Cada movimiento debía ser milimétrico; un solo error y la alarma resonaría en todo el palacio flotante.

De repente, las sombras a su espalda parecieron densificarse.

Una corriente de aire helado le erizó la piel.

—Es un diseño de la tercera dinastía —dijo una voz profunda y pausada desde la oscuridad—. Si presionas el resorte izquierdo antes de disipar la runa activa, la aguja del interior te inyectará un veneno que paralizará tu corazón en tres segundos.

Lyra se congeló. Su mano derecha descendió lentamente hacia la empuñadura de la daga oculta en su cinturón. No había escuchado a nadie acercarse. Ni un solo paso, ni el roce de una capa contra las paredes de piedra. Nada.

Se incorporó con movimientos lentos y calculados, girándose para encarar al intruso.

Apoyado contra la pared del pasillo, casi fundido con las tinieblas, se encontraba un hombre inusualmente alto. Vestía una casaca militar de un negro tan oscuro que parecía absorber la escasa luz del lugar. Su rostro estaba parcialmente oculto por las sombras, pero unos ojos de un dorado felino y brillante la observaban con una fijeza que le heló la sangre. Emanaba una presencia abrumadora, una autoridad natural que no pertenecía a un guardia común ni a un noble ocioso.

Él no hizo ademán de desenvainar un arma, ni de gritar para pedir ayuda. Solo la miraba, analizándola con una curiosidad que resultaba casi insultante.

—No pareces un guardia —dijo Lyra, manteniendo la voz baja y firme, aunque por dentro cada uno de sus instintos le gritaba que corriera.

—Y tú no pareces una invitada al baile de gala —respondió él, dando un paso adelante. La luz de un farol cercano iluminó su cabello rubio ceniza, casi platino, y la severidad de sus facciones—. Al menos, las damas de la corte no suelen forzar las cerraduras del tesoro real con ganzúas de contrabando.

—La monotonía de las fiestas me aburre con facilidad.

—Una distracción peligrosa.

—La vida es aburrida sin un poco de riesgo.

Antes de que él pudiera responder, el suelo bajo sus pies vibró con fuerza. No fue un temblor ordinario; fue una sacudida profunda que pareció nacer del mismísimo fondo del océano. En el pasillo, las lámparas de cristal oscilaron violentamente, proyectando sombras deformes sobre las paredes. A lo lejos, el eco de un estruendo sordo hizo crujir los cimientos del palacio.

Lyra buscó apoyo en la pared, pero el hombre de negro ni siquiera se inmutó. Su mirada dorada se desvió por un instante hacia el suelo, y una expresión de sombría comprensión cruzó su rostro.

—Está empezando —susurró él, más para sí mismo que para ella.

La tensión entre ambos se volvió casi tangible en el espacio cerrado del pasillo. Lyra apretó con más fuerza el puño de su daga, dándose cuenta de que aquel misterioso hombre no solo sabía quién era ella, sino que parecía conocer secretos que amenazaban con hundir la ciudad entera.

El Príncipe de las Escamas

El suelo volvió a temblar, esta vez con una violencia sorda que hizo crujir los pilotes de mármol bajo el palacio flotante. Una fina lluvia de polvo de yeso cayó sobre los hombros de Lyra, empañando el brillo plateado de su máscara. El hombre que tenía delante no se movió un solo ápice. Sus ojos dorados, fijos en ella, parecían contener la misma to

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