
La Cazadora que no debía enamorarse
Ella caza monstruos. Él es el más peligroso. Y aun así, se enamora.
by Sole Nieto
Ella es la cazadora letal que nunca falla. Kaelira de las Sombras, forjada en el odio hacia lo sobrenatural, ha jurado extinguir a los dragones. Son bestias sin alma, merecedoras de cadenas y muerte. Su misión: capturar a Draven el Sangriento, el último príncipe dragón, y arrastrarlo a la ejecución. Pero Draven no suplica. No teme. Sonríe como si el destino jugara a su favor. Y la mira como si la conociera de siempre. Encadenados en un viaje mortal hacia la capital, la tensión erótica y las verdades oscuras erosionan su armadura. El Consejo no busca paz, sino poder alimentado con sangre de dragón. Traiciones, experimentos atroces y un amor prohibido la obligan a elegir: matarlo o arder con él. De la mano de Sole Nieto llega una fantasía oscura y ardiente donde el enemigo se convierte en amante, y el reino sucumbe a las llamas. ¿Salvará Kaelira su mundo... o lo destruirá por deseo?
- Romance
- Fantasy
- Adventure
- Erotica
- Epic Fantasy
- Romantic Fantasy
La Jaula de Runas
La nieve se había teñido de rojo bajo las ramas del Bosque de Hierro. Kaelira corría entre los árboles centenarios, sus botas hundiéndose en la capa helada con un crujido rítmico. Contaba los pasos: uno, dos, tres. La criatura iba delante, rápida como un borrón negro, pero ella era más precisa.
Lorian jadeaba a su derecha, a cinco metros exactos. Su capa verde bosque se agitaba como una bandera en la tormenta.
—Está herido —dijo él, voz entrecortada por el esfuerzo—. Lo tenemos.
Kaelira no respondió. Sus ojos verdes escaneaban las sombras. Tres patrullas diezmadas en dos semanas. Cuerpos destrozados, gargantas arrancadas, sangre drenada hasta la última gota. El Consejo había enviado a los mejores. Ella era la mejor.
El claro apareció de golpe, un círculo perfecto rodeado de pinos negros. La criatura se detuvo en el centro, espalda encorvada, hombros subiendo y bajando con respiraciones pesadas. Kaelira activó sus guanteletes: las garras retráctiles chasquearon al extenderse, brillando con veneno rúnico.
Se lanzó.
Él se giró en el último segundo. No era una bestia salvaje. Era un hombre. Alto, imponente, con pelo negro largo enmarañándose en el viento. Escamas iridiscentes negras asomaban por el cuello de su camisa rasgada, reluciendo como obsidiana húmeda. Sus ojos —dorados, con pupilas verticales— la clavaron en el sitio.
Sonrió.
Kaelira no dudó. Sus garras rasgaron el aire, impactando en su pecho. Él gruñó, pero no retrocedió. Sus manos se alzaron, capturando sus muñecas con una fuerza que hizo crujir los huesos. Olía a humo y metal caliente.
—Cazadora —dijo, bajo—. Has tardado.
—Suelta —escupió ella, girando la cadera para liberarse.
—Podrías soltarte.
No lo hizo.
—No quiero arrancarte la mano.
—No —replicó él, sin apretar más—. Quieres saber qué soy.
Kaelira tensó el brazo.
—No eres importante.
—Aún.
Un golpe de aire. Lorian cayó desde los árboles, espada curva en alto.
—¡Por los dioses antiguos!
La hoja rozó su hombro. La sangre que brotó era oscura, casi negra, y humeó al tocar la nieve.
Kaelira liberó una mano.
Las cadenas rúnicas saltaron de su cinto, vivas, obedeciendo al gesto. Se enroscaron en sus brazos, en el pecho, en las piernas. El metal siseó al morder piel y escamas.
Él cayó de rodillas.
No luchó.
Sonrió.
—Demasiado fácil —murmuró Kaelira.
—Para ti —respondió él—. No para mí.
Lorian aterrizó a su lado, espada aún alzada. Sus ojos verdes, idénticos a los de ella en intensidad pero más cálidos, la miraron con alarma.
—¿Estás bien? Ese bastardo…
—No opone resistencia —cortó Kaelira—. Levántalo.
Presionó la rodilla en su espalda. Sus garras se hundieron en la base de su nuca, donde las escamas cedían.
Él inclinó la cabeza apenas, lo justo para mirarla de reojo.
El desconocido giró la cabeza lo justo para mirarla. Sus ojos dorados brillaron con pasión.
—No quieres matarme aquí, ¿verdad? —susurró—. El Consejo prefiere un espectáculo.
Ella apretó más las garras. Una gota de su propia sangre —de un rasguño en la lucha— cayó sobre las cadenas. El metal vibró. Un pulso extraño recorrió las runas, como si respondieran a ella misma. Kaelira frunció el ceño, pero lo ignoró.
—Levántalo —ordenó a Lorian.
El campamento era un anillo de tiendas al borde del claro. Fuego central. Rostros duros. Ojos que medían.
Cuando entraron con el prisionero, el ruido murió.
—Vaya trofeo —siseó Thalia desde la sombra—. ¿O se te ha rendido por gusto?
Risas ásperas.
Kaelira no miró.
—Doble guardia —ordenó—. Nadie entra sin mi permiso.
Empujó al prisionero dentro de la tienda central.
Lorian la siguió dentro, espada aún en mano. Sus ojos no dejaban al prisionero.
—No me gusta esto, Kaelira. Ese tipo no es normal. Te miró como si fueras su cena.
—O su postre —terminó la voz del encadenado.
Kaelira lo ignoró. Verificó los grilletes: muñecas, tobillos, cuello. Todo firme. Su armadura crujía al moverse, cuero negro ajustado reforzado con placas rúnicas, se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, diseñada para el silencio y la rapidez.
—Sal, Lorian. Vigila la entrada.
—No voy a dejarte sola con...—
—Es una orden.
Lorian salió refunfuñando. La lona de la tienda cayó, dejando solo el crepitar de la estufa de campaña y el siseo de las cadenas.
El prisionero la examinó, lento, desde las botas hasta la trenza negra. Su torso desnudo mostraba músculos tensos, tatuajes rúnicos serpenteando como venas vivas.
Sus ojos dorados no tenían el brillo del miedo, sino el de la anticipación.
—Diez años —dijo él—. Siempre un paso atrás.
Kaelira no se movió.
—No te recuerdo.
—No te dejaron.
Él se inclinó hacia delante, haciendo que las cadenas rúnicas sisearan contra el suelo.
—Hablas como si me conocieras —soltó ella—. Pero para mí solo eres otro cadáver que aún respira.
—Te conozco lo suficiente, Kaelira.
El nombre cayó entre ellos como una piedra en un pozo. Ella desenvainó el acanto y presionó el filo verdoso contra su garganta.
—El Consejo no hace preguntas a los monstruos. Los ejecuta.
—El Consejo te miente —replicó él, sin apartar la mirada del acero—. Eres más peligrosa de lo que te han contado. Y mucho más útil.
—¿Útil para quién?
—Para la verdad.
Kaelira apretó el arma. El filo hundió la piel del cuello del prisionero, pero él ni siquiera parpadeó.
—Cierra la boca —ordenó ella.
—No gritaste.
Kaelira se quedó helada. El aire de la tienda se volvió pesado, irrespirable.
—¿Qué has dicho?
—Aquella noche. Todos gritaban. Tú no.
—Mientes.
—No te dejaron recordar —insistió él, su voz era ahora un susurro cargado de veneno—. Pero tu sangre sí lo hace. Mira las cadenas, Kaelira.
Ella bajó la vista. Los eslabones manchados con su sangre vibraban, emitiendo un pulso violeta que acompasaba sus propios latidos. El metal parecía estar cobrando vida bajo el contacto de ambos.
—Encadéname más fuerte —murmuró él con una sonrisa oscura—. O empieza a preguntarte por qué no he roto estos hierros todavía.
Kaelira envainó el acanto de golpe. Dio media vuelta y salió de la tienda antes de que el temblor de sus manos se hiciera evidente.
Lorian la esperaba fuera, brazos cruzados, expresión tormentosa.
—¿Qué te dijo?
—Nada —mintió ella, voz militar de nuevo—. Doble guardia. Mañana partimos a la capital.
Pero mientras las estrellas perforaban el cielo del Bosque de Hierro, Kaelira sabía la verdad. El prisionero se había dejado capturar. Y las cadenas, tocadas por su sangre, susurraban promesas de ruptura.
La verdadera caza acababa de empezar.
En la tienda, él cerró los ojos.
Sonrió.
No había sido una captura.
Había sido una puerta.
Y ella la había abierto.
Susurros en la Oscuridad
La lona de la tienda colgaba inmóvil, sellando el mundo exterior. Dentro, el aire era espeso, cargado de humo de la estufa y el olor metálico de las cadenas rúnicas. Kaelira entró sin prisa, dejando que la puerta se cerrara con un chasquido seco. Contó los pasos hasta el poste central: cuatro. Exactos. El prisionero estaba allí, encadenado como ha…