
Contrato de Sangre
Un matrimonio forzado por la magia, un robo imposible y una pasión que quema
by Sole Nieto
Dos espadas rivales. Un contrato vinculante. Noventa días para no matarse... o no enamorarse. Mila Belmonte y Bastián de Almagro se detestan con la intensidad de mil hogueras. Como los mejores mercenarios del Gremio de la Sombra y el Acero, han pasado años compitiendo por cada contrato y saboteando los éxitos del otro. Pero ahora, su líder les ha impuesto el desafío definitivo: el Contrato de Sangre. Para infiltrarse en la opulenta y traicionera corte de la Condesa de Valois, deben fingir ser el matrimonio perfecto. Unidos por anillos mágicos que les impiden alejarse, Mila y Bastián se ven obligados a compartir bailes de máscaras, secretos de alcoba y una única cama. El objetivo es claro: robar un documento arcano y sobrevivir a las intrigas palaciegas sin que la maldición del contrato drene sus vidas. Entre puyas sarcásticas y roces accidentales, la línea entre el odio y el deseo empieza a desdibujarse. En un mundo de espías seductores y traiciones constantes, el mayor peligro no es que los descubran, sino reconocer que el corazón late al ritmo del enemigo. ¿Cumplirán su misión para recuperar la libertad o descubrirán que hay vínculos que ni la magia más oscura puede romper?
- Romance
- Fantasy
- Adventure
- Mystery
- Romantic Fantasy
- Enemies to Lovers
Un Beso de Hierro y Magia
La sede del Gremio de la Sombra y el Acero olía a cera vieja, metal frío y a ese aroma metálico que solo deja la sangre cuando se limpia con prisa. Mila Belmonte caminaba por los pasillos de piedra con la barbilla en alto, aunque sus botas pesaban como si estuvieran hechas de plomo. A su lado, manteniendo una distancia que apenas ocultaba sus ganas de empujarlo contra una gárgola, avanzaba Bastián de Almagro. Lo hacía con esa elegancia felina que tanto irritaba a Mila, como si en lugar de ir hacia un posible castigo por insubordinación, se dirigiera a un banquete en su honor.
—Podrías dejar de hacer ese ruidito con la lengua —masculló Mila sin mirarlo—. Es desesperante.
—Es el sonido de la anticipación, querida —respondió Bastián, dedicándole una sonrisa de medio lado que no llegó a sus ojos azul gélido—. Valerius nos ha citado a la vez. O nos va a dar una medalla por nuestra "creatividad" en la última misión, o va a buscar un método nuevo y doloroso para que dejemos de sabotearnos el uno al otro.
—Yo no te saboteé. Simplemente llegué al objetivo tres minutos antes que tú y decidí que no necesitabas el crédito del asesinato. Consideralo una lección de humildad.
—Consideralo una falta de profesionalidad que casi nos cuesta la cabeza —replicó él, ajustándose la coleta baja con un gesto despreocupado—. Pero no te preocupes, Mila. Estoy seguro de que el Líder apreciará tu... entusiasmo.
Se detuvieron ante las pesadas puertas de roble negro de las cámaras de Valerius. Los guardias, dos sombras silenciosas con máscaras de hierro, no se movieron, pero la presión en el aire cambió. Mila sintió un escalofrío. Valerius el Silencioso no era un hombre dado a las reprimendas verbales; prefería las que dejaban cicatrices en el alma. Al entrar, la estancia estaba sumergida en una penumbra estudiada. Valerius estaba de pie tras su escritorio de obsidiana, observando un mapa del continente con la intensidad de un depredador que cuenta sus presas.
—Habéis fracasado —dijo Valerius. Su voz era un susurro que cortaba como una navaja de afeitar—. Otra vez.
—Señor, si me permite explicar... —empezó Mila, dando un paso al frente.
—No te permito nada —la interrumpió el Líder, levantando la mirada. Sus ojos negros, carentes de cualquier rastro de humanidad, los fijaron en el sitio—. Vuestra rivalidad es una mancha en el código del gremio. Habéis desperdiciado recursos, tiempo y prestigio. En cualquier otra circunstancia, vuestros cuerpos estarían adornando las almenas del patio.
Bastián perdió parte de su fanfarronería y se quedó rígido. Mila apretó los puños, sintiendo el sudor frío en las palmas de las manos. Sabía que Valerius no bromeaba. La muerte era la moneda de cambio habitual en el gremio para los que perdían la utilidad.
—Sin embargo —continuó Valerius, deslizándose alrededor del escritorio con un movimiento que no parecía humano—, ha surgido una oportunidad. Una misión que requiere el tipo de veneno que solo vosotros dos podéis destilar. Pero no como rivales.
El Líder sacó una pequeña caja de terciopelo negro y la dejó sobre la mesa. Dentro, dos anillos de un oro pálido y antiguo brillaban con una luz ámbar que parecía latir. Mila sintió una punzada de alarma en el estómago. Sabía lo que eran. Había oído historias sobre los Contratos de Sangre.
—Os infiltraréis en la corte de la Condesa Beatrice de Valois —sentenció Valerius—. Debéis recuperar un documento arcano que se encuentra bajo la protección de un mago excéntrico y descubrir el complot que se fragua contra nuestros aliados. La corte es un nido de víboras, y solo se permite el acceso a parejas de la alta nobleza. Seréis los Condes de Almagro, un matrimonio exiliado que busca refugio.
—¿Casados? —Mila soltó una carcajada seca, casi una tos—. Prefiero beber veneno de rata. Señor, con todo el respeto, este imbécil no sabría fingir afecto ni aunque su vida dependiera de ello.
—Bueno, técnicamente su vida sí depende de ello —intervino Bastián, aunque su tono era mucho menos burlón de lo habitual—. Valerius, ¿un contrato mágico? Es un poco excesivo, ¿no crees? Podemos fingir sin necesidad de... ataduras.
—No confío en vuestra capacidad de fingir sin un incentivo real —dijo Valerius con una frialdad aterradora—. Poneos los anillos.
Fue una orden, no una sugerencia. Mila dudó solo un segundo antes de que la mirada del Líder la obligara a actuar. Tomó el anillo más pequeño. Bastián, con un suspiro de resignación, cogió el otro. En cuanto los metales tocaron su piel, Valerius extendió las manos y murmuró una sola palabra en una lengua muerta que hizo que las sombras de la habitación se agitaran.
El dolor fue instantáneo y absoluto. Mila sintió como si un rayo de hielo le recorriera las venas desde el dedo anular hasta el corazón. Fue un estallido de magia pura que le robó el aliento, sellando su destino al del hombre que tenía al lado. Gemía entre dientes mientras sentía que su propia esencia se entrelazaba con la de Bastián. Cuando la luz ámbar se apagó, el vínculo estaba hecho.
—Felicidades a los recién casados —dijo Valerius, regresando a su posición tras el escritorio—. Las reglas son sencillas. No podéis alejaros más de diez metros el uno del otro. Si lo intentáis, el dolor os pondrá de rodillas. Si uno de los dos muere, el otro sufrirá una agonía lenta hasta que el contrato se cumpla o se rompa por mi mano. Lealtad absoluta a la misión. Cualquier intento de traición activará la maldición y os drenará la vida en cuestión de minutos.
Mila respiraba con dificultad, mirando el anillo que ahora parecía fundido a su piel. El vínculo emitía una vibración constante, una presencia extraña en el límite de su conciencia que le decía exactamente dónde estaba Bastián. Era asfixiante.
—Vaya —logró decir Bastián, tratando de recuperar su compostura—. Supongo que esto descarta lo de las habitaciones separadas. ¿Crees que la Condesa tiene camas grandes, o tendremos que empezar a practicar el arte de no darnos codazos en la cara, esposa?
Mila le lanzó una mirada que habría incinerado a un hombre menos arrogante.
—Si me tocas mientras duermo, te cortaré los dedos con el mismo cuchillo con el que te serviré el desayuno —siseó ella.
—Recordad —añadió Valerius, ignorando sus puyas—, que este contrato me permite rastrear vuestra ubicación exacta en todo momento. No hay escondite para vosotros. Sois mis manos y mis ojos en Valois. Bastián, ten cuidado. He visto la lista de invitados. Hay nombres que podrían resultarte... familiares.
Bastián se tensó imperceptiblemente. Mila lo notó gracias a la maldita conexión que ahora compartían. Una sombra de duda cruzó el rostro de su compañero, algo que rara vez permitía que se viera. ¿Alguien de su pasado? Mila guardó el dato para más tarde. En el gremio, la información era la única arma que no se quedaba sin munición.
—Tened —dijo Valerius, entregándoles un fajo de pergaminos con sus nuevas identidades y las invitaciones lacradas—. Partís al amanecer. Si tenéis éxito, vuestro ascenso será inmediato. Si fracasáis... bueno, el contrato se encargará de que no tengáis que preocuparos por el futuro.
Valerius hizo un gesto con la mano, dándoles por despedidos. Mila se dio la vuelta, pero la soga invisible del hechizo la obligó a esperar a que Bastián se moviera. Salieron de la sala en un silencio tenso, sintiendo el peso de la mirada de su Líder en la nuca.
Al llegar al pasillo, Mila se detuvo en seco y Bastián casi choca con ella. Por instinto, él le puso una mano en el hombro para equilibrarse. Mila notó que su mano era cálida y firme, un contraste molesto con el frío de las paredes de piedra. Se apartó de un tirón, irritada por el hecho de que su cuerpo no hubiera reaccionado con el asco que su mente exigía.
—No me toques —dijo ella, con la voz cargada de veneno.
—Es el contrato, Mila. Solo intentaba no caerme. Vamos a tener que acostumbrarnos a compartir este espacio vital tan reducido —replicó él, señalando el espacio entre ambos—. Noventa días. Va a ser un infierno, ¿verdad?
—El peor de mi vida —confirmó ella, mirando el anillo que destellaba con una promesa de muerte—. Pero te aseguro una cosa, Bastián: si morimos, me encargaré de que tú llegues al otro lado primero para que pueda disfrutar de un minuto de silencio antes de encontrarte allí.
Bastián sonrió, una expresión genuina de diversión que Mila encontró profundamente ofensiva. Juntos, encadenados por una magia que odiaban, caminaron hacia la salida, preparándose para el teatro de su vida. El odio seguía allí, pero ahora tenía que convivir con un latido que no era el suyo.
La Jaula de Oro de Valois
El carruaje real era una caja de madera lacada que olía a incienso rancio y a la desesperación de dos personas que preferirían estar en cualquier otro lugar del mundo. Mila Belmonte se ajustó el corpiño por quinta vez en diez minutos, sintiendo cómo las varillas de metal se le clavaban en las costillas como dedos acusadores. El vestido de seda carm…