
Cómo no enamorarse de un médico
Un viaje entre páginas olvidadas, secretos de familia y un amor que desafía la razón
by Sole Nieto
Ariadna Valmont lo tiene todo en Parissi: éxito, fama y una carrera consolidada como la escritora de romántica más leída del imperio. Sin embargo, una carta urgente desde Valmarea lo cambia todo. Su abuela Marguerite ha sufrido un accidente y la emblemática librería familiar, El Infinito en un Estante, corre el riesgo de desaparecer para siempre. Al regresar a su pueblo natal, Ariadna no solo se enfrenta al polvo de las estanterías y a las deudas acumuladas, sino a un pasado que creía haber dejado atrás. Entre el aroma a papel viejo y los dulces de la pastelería local, aparece Lucien Duvall, un médico de mirada gélida y lógica implacable que no cree en los finales felices de las novelas. ¿Podrá una escritora que vive de la ficción salvar un negocio real mientras su propio corazón se debate entre la seguridad de lo conocido y la chispa de lo inesperado? En Valmarea, los libros esconden mensajes que solo Ariadna puede descifrar, y el destino parece haber escrito un capítulo que ella nunca imaginó protagonizar. Una historia cautivadora sobre la identidad, el valor de las raíces y el poder de las segundas oportunidades.
- Romance
- Fantasy
- Literary Fiction
- Mystery
- Romantic Fantasy
- Women's Fiction
LA ESCRITORA Y LA CARTA
«Hay cosas que una heroína romántica no hace: llorar con las manos manchadas de tinta, viajar con tres sombreros absurdos o abandonar su vida por una librería polvorienta. Ariadna Valmont, por desgracia, estaba a punto de hacer las tres.»
La taza de porcelana fina estaba a punto de resquebrajarse entre los dedos de Ariadna.En el salón de té Les Plumes Dorées, el aire olía a vainilla rancia y a damas ociosas. Cada segundo era una condena.
—Mademoiselle Valmont, su último libro me hizo llorar tanto que mi marido pensó que tenía fiebre —susurró la duquesa de Montbrison, abanicándose como si las palabras de Ariadna emanaran llamas.
Ariadna esbozó la sonrisa vacía que había perfeccionado para estas ocasiones, un gesto experto que curvaba sus labios con la precisión de un autómata pero que moría mucho antes de alcanzar sus ojos, que permanecían tan distantes como una estrella fría. Era la misma máscara que usaba cuando los caballeros le preguntaban, con aliento a brandy, si aquella escena picante del invernadero estaba inspirada en alguien real.
—La pasión debe ser como el azúcar, duquesa —respondió con voz sedosa—. Suficiente para endulzar, nunca para empalagar.
Mientras decía las palabras, su mente estaba en su apartamento del Quartier des Écrivains, entre pilas de libros precarias y manuscritos corregidos con saña. Allí, con el pelo suelto y los pies descalzos sobre la fría madera, no era una decoración de salón. Era quien debía ser: la mujer que garabateaba pasiones prohibidas con una pluma que siempre goteaba tinta en el momento más inoportuno.
El sonido de la puerta al abrirse la sacó de su ensoñación. No era otro admirador, sino su ayudante, Lucienne, con el rostro pálido y una carta en la mano.
—Señorita, es de Valmarea —murmuró Lucienne, como si anunciara una plaga—. El mensajero insistió en que era urgente.
Ariadna tomó la carta. El sello de cera dorada con aroma a lavanda —la marca de la familia Valmont— era inequívoco. Solo usaban ese nivel de drama para anunciar desgracias.
Con un suspiro que habría envidiado la más dramática de sus heroínas, rompió el sello con su daga de plata de juguete.
*«Tu abuela ha sufrido un percance»*, leyó. *«No puede levantarse de la cama y necesita de tu presencia urgente en Valmarea. La librería... también.»*
Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios. —Por supuesto que no puede levantarse —murmuró para sí—. Es una Valmont. Cuando no obtenemos lo que queremos, nos volvemos poéticas o, convenientemente, inválidas.
Los recuerdos la rozaron como un perfume antiguo: la niña escondida entre los estantes, el olor a pastel de manzana… y un escalofrío repentino que le recorrió la nuca, un impulso físico que la obligó a enderezar la espalda. Era la certeza, casi eléctrica, de que el pasado no solo la llamaba, sino que venía a buscarla con las manos abiertas.
Doblando la carta con calma, la deslizó dentro de su bolso y se levantó con la elegancia de quien está a punto de cometer un escándalo social.
—Damas —anunció con una inclinación leve—, el deber me llama. Y, por desgracia, no en forma de duque.
Dejó atrás las tazas, las miradas y las sospechas. Afuera, Parissi la esperaba envuelta en bruma dorada.
En el carruaje, mientras el sonido de las ruedas se mezclaba con el perfume de la vainilla que aún llevaba en el cabello, decidió que su próximo capítulo —el de su propia vida— comenzaría con una huida.
—Lucienne —dijo, y su voz sonó diferente, con una determinación nueva—. Prepara las maletas. Voy al exilio. O a Valmarea, que en esencia es lo mismo.
Y que, si el destino insistía en convertirla en heroína, al menos sería una con sombrero.
Esa misma noche, el rumor corrió por toda la capital: Ariadna Valmont abandonaba la ciudad.
Algunos decían que por amor; otros, que por locura.
Ella no los contradijo.
Después de todo, ¿qué es una escritora romántica sin un buen misterio?
**---**
La mañana de la partida, Ariadna apareció en la puerta de su edificio con el vestido azul profundo que mejor complementaba su palidez de mártir literaria. Varios vecinos se habían congregado para el espectáculo.
—¿Se va de viaje, señorita Valmont? —preguntó una vecina desde su balcón.
—¿Un retiro espiritual? —sugirió otra.
—¿El duque la ha rechazado finalmente? —murmuró un viejo caballero.
Ariadna sonrió con un deje trágico, aprendido de sus propias heroínas condenadas.
—Algo mucho peor, queridos vecinos: responsabilidades familiares.
El carruaje se puso en marcha, cargado con dos maletas: una de vestidos, otra de sombreros. Porque incluso en el exilio, la elegancia era un deber, Ariadna miró por la ventanilla. Parissi se desdibujaba tras ella: las luces del boulevard, las fachadas de las editoriales, los cafés donde se reían de sus historias sin saber que la autora estaba en la mesa de al lado.
—Adiós, querida capital —murmuró—. Prometo no escribir nada cruel sobre ti. A menos que Valmarea me rompa el corazón. Entonces, no me hago responsable.
La última imagen que tuvo de Parissi fue la del duque de Montpensier observándola desde su propio carruaje, con una sonrisa enigmática que prometía: "Esto no es un adiós, Mademoiselle Valmont, solo un intermedio."
Pero Ariadna ya no estaba segura de nada. Por primera vez en años, no tenía un guión escrito para su propia vida.
El viaje duró dos días en un carruaje más viejo que el romanticismo mismo. Cuando las suaves colinas dieron paso a montañas escarpadas y el aire se llenó del olor salino del mar mezclado con el dulce aroma a chocolate, Ariadna supo que había llegado.
Y cuando el aire del mar llenó el carruaje, Ariadna supo —sin saber cómo— que ningún regreso era realmente un regreso. La librería no solo la esperaba, sino que guardaba secretos más complejos que cualquier novela que hubiera imaginado.
“Valmarea no es Parissi”
“No todas las llamadas de la vida llegan con trompetas y alfombras rojas. Algunas vienen en cartas con bordes dorados, olor a lavanda… y la promesa velada de que no podrás decir que no. La vida, a veces, es la más astuta de las escritoras.” Valmarea la recibió con una brisa cargada de sal y el aroma a pan recién horneado. El tiempo aquí no avanzaba…
