Susurros en Asunción

Susurros en Asunción

Un secreto ancestral oculto en las vigas de una casona colonial bajo la tormenta

by Ignacio Bogaz

4 chapterses-ES

Asunción, 1778. Mientras una tormenta feroz castiga los muros de la casona del gobernador, las grietas del destino comienzan a abrirse. María Ignacia vive atrapada entre los muros de su propio hogar y las asfixiantes expectativas de su padre, quien pretende entregar su mano a don Rodrigo de Alvarenga, un hombre que le dobla la edad. En la soledad de su alcoba, solo su diario secreto y la complicidad silenciosa de la servidumbre le ofrecen un respiro frente a un matrimonio impuesto que ella rechaza con cada fibra de su ser. Pero el verdadero peligro no reside solo en los salones de la alta sociedad. Cuando el rayo agrieta una viga maestra del corredor principal, la reparación revela algo que nunca debió salir a la luz. Entre pasillos sombríos, susurros de criadas y el estruendo de los truenos, Fernanda, el ama de llaves, desenterrará un misterio que amenaza con hacer tambalear los cimientos de la familia Álvarez de Toledo. ¿Podrá María Ignacia hallar su libertad antes de que los secretos del pasado la consuman por completo? Ignacio Bogaz nos sumerge en una vibrante novela de época donde la pasión, la traición y el suspense se entrelazan en la húmeda penumbra del Paraguay colonial.

  • Historical Fiction
  • Romance
  • Thriller
  • Historical Romance
  • Forbidden Love
  • Domestic Thriller

Capítulo I: La lluvia antes de la tormenta

  1. Asunción del Paraguay, año del Señor de 1778

Fernanda contempla la viga abierta mientras la lluvia invade la galería.

«Hay tormentas que solo rompen los tejados.
Otras empiezan quebrando el corazón de quienes viven bajo ellos.»

La lluvia había comenzado antes del alba, cuando la ciudad todavía era una masa oscura tendida junto al río y las campanas de la catedral no habían llamado aún a la primera misa. No llegó con estrépito, sino con una paciencia obstinada: primero unas gotas dispersas sobre las tejas, luego un murmullo continuo, y finalmente aquella cortina gris que parecía haber descendido para borrar los caminos, las huertas y hasta las torres de Asunción.

En la casa del gobernador, el agua encontró todos los defectos que el sol llevaba meses ocultando.

Se filtró por las uniones de las tejas, corrió bajo los aleros, llenó las canales de barro cocido y cayó en gruesos chorros al patio interior. Los naranjos, cargados de hojas oscuras y brillantes, se estremecían bajo la tormenta. El brocal del pozo rebosaba. En las galerías, las losas despedían un olor terroso que se mezclaba con el humo de la cocina, la cera de las velas consumidas y el perfume agrio de las paredes encaladas por la humedad.

Fernanda conocía aquella casa mejor que nadie.

Había llegado siendo casi una niña, antes de que el actual gobernador tomara posesión del cargo, y desde entonces había visto nacer, enfermar, casarse y morir a cuantos habían vivido bajo aquel techo. Sabía qué peldaño de la escalera crujía cuando alguien trataba de subir sin ser oído. Sabía qué cerradura necesitaba un golpe seco y qué ventana se abría sola cuando soplaba viento del río. Sabía incluso que la tercera tabla del corredor de levante se combaba durante las lluvias largas, aunque el maestro carpintero jurara que era imposible.

Por eso se detuvo.

Llevaba una cesta de sábanas contra la cadera y una vela protegida entre los dedos cuando oyó el primer sonido.

No fue más que un quejido breve, casi delicado, como si la casa hubiese suspirado mientras dormía.

Fernanda levantó la cabeza.

—¿Qué nueva desgracia...?

El segundo crujido fue más claro. Seco. Profundo.

La vieja viga de lapacho que atravesaba el corredor principal se abrió ante sus ojos. Una línea negra apareció en la madera, fina al principio, y avanzó lentamente hasta convertirse en una grieta irregular. Del techo cayó una lluvia de polvo, briznas secas y una pequeña araña que desapareció bajo el armario. Después llegó la primera gota.

Cayó sobre las losas con un sonido ridículamente pequeño.

Ploc.

Fernanda permaneció inmóvil.

Ploc.

Otra gota descendió por la grieta. Luego una tercera. En cuestión de segundos, un hilo de agua comenzó a resbalar por la viga ennegrecida, se acumuló en el extremo de un clavo oxidado y cayó directamente sobre la pila de sábanas limpias.

Fernanda miró la mancha que se extendía sobre el lino.

—¡Santa María, madre de Dios!

La cesta golpeó el suelo. Las sábanas se desparramaron por la galería.

—¡Clara! —gritó con una voz que atravesó puertas, dormitorios y cocinas—. ¡Clara Chope! ¡Como no aparezcas antes de que cuente tres, juro por la Virgen de la Asunción que iré a buscarte yo misma!

Un trueno respondió desde el río.

En la cocina se oyó caer una cuchara. Una criada joven asomó la cabeza y la retiró de inmediato. Dos muchachos que transportaban leña se quedaron petrificados junto a la puerta.

Fernanda señaló la viga como si fuera la responsable de una traición personal.

—¿Lo veis? —dijo—. Ahí tenéis lo que ocurre cuando los hombres aseguran que una casa puede esperar. «Aguantará otro verano, Fernanda». «No es más que una mancha, Fernanda». «No moleste al señor gobernador con asuntos de tejas, Fernanda». Pues ahora que venga el señor gobernador y duerma debajo de esto.

La grieta volvió a crujir.

Los muchachos dieron un paso atrás.

—¡Cubos! —ordenó ella—. ¿O pensáis recoger el agua con las manos?

La casa despertó de golpe. Hubo carreras por los corredores, portazos, órdenes repetidas y el sonido de los recipientes de cobre al ser sacados de la despensa. Fernanda avanzaba entre todos con el mentón alto, el gorro blanco ligeramente torcido y un manojo de llaves golpeándole la falda. Cada nueva gotera era recibida como una ofensa. Cada charco provocaba una reprimenda.

Clara apareció por fin desde el pasadizo de servicio. Tenía diecinueve años y el cabello negro recogido en una trenza que le caía sobre un hombro. Sus mangas estaban arremangadas y llevaba harina en la mejilla derecha. Había estado ayudando a preparar el pan cuando escuchó los gritos.

—¿Me llamaba, doña Fernanda?

—No, hija. Gritaba tu nombre para probar la acústica de la casa.

Clara bajó los ojos, aunque una sombra de sonrisa le tembló en los labios.

Fernanda la vio y se irritó todavía más.

—Mira arriba.

Clara obedeció. Una gota le cayó en la frente.

—Se ha abierto la viga.

—Ya veo que se ha abierto la viga —replicó Fernanda—. También veo que el agua entra, que las sábanas están perdidas y que todos en esta casa han decidido volverse inútiles el mismo día. Lo que no veo es a Fulgencio.

—Fulgencio no vive aquí.

—Por eso vas a buscarlo.

Fernanda se acercó hasta quedar casi nariz con nariz con ella.

—Ve a su taller. Si no está allí, pregunta en la casa de los Vera. Si tampoco está, búscalo en la taberna del puerto, que a estas horas ya habrá encontrado excusa para beber. Y dile que traiga herramientas, cuerdas y dos hombres que sepan distinguir un martillo de una cuchara.

Clara miró hacia el patio, donde la lluvia caía tan espesa que apenas se veía el arco de la entrada.

—¿Ahora?

—No, cuando salga el sol y nazca otra generación. Claro que ahora.

—Doña Fernanda, con este tiempo...

—Con este tiempo la casa se deshace. Ponte el manto.

Hubo en la voz del ama de llaves una dureza que hizo que Clara enderezara la espalda. Pero Fernanda, antes de volverse, tomó del perchero un manto de lana más grueso que el de las sirvientas y se lo tendió sin mirarla.

—Y no cruces por la calle del embarcadero —añadió—. El barro llega a las rodillas. Ve por la plaza y no te detengas a conversar con nadie.

Era su manera de preocuparse.

Clara lo sabía.

—Sí, doña Fernanda.

—Y Clara.

La joven se volvió.

—Si Fulgencio pretende cobrar el doble por la lluvia, dile que yo misma le recordaré cuánto pagó por aquella mesa torcida que quiso vendernos como francesa.

Clara salió sonriendo.

La tormenta le arrebató la sonrisa en cuanto cruzó el portal.

Asunción aparecía desfigurada bajo el agua. Las calles de tierra roja se habían convertido en ríos espesos; las ruedas de las carretas dejaban surcos profundos y los animales avanzaban con la cabeza baja, agitando las orejas. Las casas encaladas parecían más blancas bajo el cielo oscuro, y de sus tejados caían cascadas que obligaban a caminar pegado a las paredes.

Clara se recogió las faldas con una mano y sostuvo el manto con la otra.

A pesar de la orden de Fernanda, no pudo evitar detenerse un instante bajo los soportales de la plaza. Allí se había refugiado media ciudad. Mujeres indígenas cubrían con esteras sus cestas de mandioca, naranjas y hierbas medicinales. Un comerciante discutía con un soldado sobre unos sacos de yerba empapados. Dos frailes dominicos atravesaban la plaza levantándose los hábitos, y un niño descalzo corría tras una gallina que se había escapado del mercado.

El aire olía a barro, cuero mojado, humo y río.

Clara conocía cada esquina de aquella ciudad. Había nacido en una vivienda humilde cerca de los huertos del norte, hija de una mujer guaraní que curaba fiebres con cortezas y de un hombre al que apenas recordaba. De niña había transportado agua, vendido frutas y limpiado patios ajenos. La casa del gobernador, con sus altos techos, espejos traídos de Europa y vajilla marcada con escudos, le había parecido al principio un mundo separado del suyo.

Hasta que conoció a María Ignacia.

El recuerdo le produjo una sensación de calor que ni siquiera la lluvia consiguió apagar.

María Ignacia le había enseñado a reconocer las letras escondidas en los libros de oraciones. Primero su nombre. Después palabras sencillas. Más tarde, a hurtadillas, versos que ambas leían junto a una ventana cuando Fernanda fingía no verlas. A cambio, Clara le había enseñado los nombres guaraníes de los árboles, a distinguir las nubes que traían tormenta y a escuchar el rumor de la ciudad desde las cocinas, donde siempre se conocían las noticias antes que en el despacho del gobernador.

Aquella amistad no debía existir.

Por eso era tan preciosa.

Clara retomó el camino. Al pasar junto a las caballerizas laterales oyó un relincho agudo y después una voz que protestaba con delicada indignación.

—¡No me empujes, criatura desagradecida! ¡Te he hablado con más dulzura que a ningún cristiano de esta casa!

Nelson Cuy apareció en la puerta del establo sujetando las riendas de una yegua castaña. Era alto y delgado, con el cabello oscuro pegado a la frente por la lluvia. Llevaba una camisa de lino demasiado limpia para un mozo de cuadras, un pañuelo anudado al cuello y una expresión ofendida que hizo reír a Clara pese a la urgencia.

—Te está ganando una yegua —dijo ella.

—No me gana. Está representando un drama porque ha oído el trueno.

La yegua volvió a tirar de él.

Nelson dio un pequeño salto para evitar un charco.

—Y porque tiene un carácter espantoso. Como otra señora que ambos conocemos.

Desde el interior de la casa llegó la voz de Fernanda.

—¡Nelson!

Él abrió mucho los ojos.

—¿Ves? Tiene el oído del demonio.

—Te ha oído porque gritas.

—Yo no grito, proyecto la voz.

Clara negó con la cabeza.

—Voy a buscar a Fulgencio. Se ha abierto una viga.

Nelson miró hacia la galería y silbó.

—Eso explica el estruendo. Pensé que doña Fernanda había descubierto quién se comió los pastelillos de miel.

Clara lo miró con sospecha.

—Fuiste tú.

—No puedes probarlo.

La yegua tiró otra vez y Nelson, con un gesto inesperadamente firme, la llevó hacia el interior. Su ligereza engañaba: conocía a los animales mejor que nadie y podía dominar un caballo nervioso con apenas una palabra.

—Ten cuidado —le dijo a Clara—. El arroyo está creciendo. Y si ves a Fulgencio, dile que no se deje asustar por Fernanda. A veces ladra más de lo que muerde.

—Eso díselo tú.

Nelson palideció.

—Tampoco soy un necio.

Clara siguió su camino mientras él regresaba a las cuadras tarareando una canción de amor que había escuchado a unos músicos portugueses. Su aparición había durado apenas unos minutos, pero dejó tras de sí una ligereza que la acompañó hasta la esquina.

En el piso superior de la casona, María Ignacia no había oído la mitad del alboroto.

La lluvia golpeaba los postigos de su habitación y aislaba el mundo exterior bajo un rumor constante. Permanecía sentada ante un escritorio de madera oscura, con una manta sobre los hombros y una pequeña lámpara encendida a pesar de que era ya media mañana.

Su habitación era la única estancia de la casa que Fernanda permitía conservar con cierto desorden. Había libros abiertos junto a la cama, flores secas entre las páginas de un misal y cintas de seda en una bandeja de plata. Sobre la cómoda descansaba un retrato de su madre: una mujer de rostro sereno, ojos grandes y manos blancas cruzadas sobre el regazo.

María Ignacia miró el retrato antes de abrir el diario.

Lo hacía siempre.

El cuaderno tenía tapas de cuero verde y un broche de latón. Se lo había regalado su madre cuando cumplió doce años, con la promesa de que una mujer debía reservarse un rincón de su alma que no perteneciera ni a su padre, ni a su marido, ni a su confesor.

Entonces no había comprendido aquellas palabras.

Ahora las entendía demasiado bien.

Mojó la pluma en el tintero y esperó. La tinta se acumuló en la punta, brillante y oscura. Afuera sonó un trueno. Ella comenzó a escribir.

«Madre:

Hoy vuelve a llover como el día en que te despedimos. No sé si el cielo guarda memoria de nuestras pérdidas, pero hay mañanas en que todo parece empeñado en devolvérmelas. El olor de las paredes húmedas, la campana de la primera misa, incluso el perfume de los jazmines que Clara deja junto a tu retrato... todo me lleva a ti.»

Se detuvo.

Sus dedos apretaron la pluma.

Desde que su padre le había hablado de don Rodrigo de Alvarenga, las palabras se le acumulaban en el pecho sin encontrar salida. El nombre del hombre aparecía en cada conversación. En la mesa. En las visitas. En las cartas que llegaban del interior. Era propietario de tierras, ganado, depósitos de yerba y embarcaciones que comerciaban río abajo. Viudo dos veces. Respetado por el Cabildo. Cincuenta y ocho años.

María Ignacia tenía veintiuno.

Volvió a escribir.

«Padre dice que don Rodrigo es un hombre honorable. Lo repite como si el honor bastara para compartir una cama, una mesa y todos los días que Dios quiera concederme. Dice que podrá protegerme cuando él falte. Dice que la ciudad es cruel con las mujeres solas. Dice tantas cosas, madre, y ninguna responde a la única pregunta que me atrevo a hacerme: ¿cómo puede una hija obedecer sin desaparecer?»

La punta de la pluma tembló.

Una gota cayó sobre el papel. María Ignacia se apresuró a secarla con la manga, pero la tinta ya se había extendido. Parecía una herida pequeña.

—No quiero casarme con él —susurró.

Decirlo en voz alta la asustó.

Se levantó y caminó hasta la ventana. Abrió apenas el postigo. Una ráfaga húmeda entró en la habitación y apagó la lámpara. Desde allí se divisaba una parte del patio, los naranjos sacudidos por la lluvia y los criados corriendo con cubos. En la galería, Fernanda gesticulaba ante una viga abierta.

María Ignacia casi sonrió.

Su madre solía decir que, mientras Fernanda tuviera fuerzas para enfadarse, la casa seguiría en pie.

Llamaron suavemente a la puerta.

—Adelante.

Clara entró sin aliento. Se había cambiado el manto empapado por otro más ligero, aunque aún llevaba barro en el borde de la falda.

—Pensé que habías salido —dijo María Ignacia.

—Fernanda me envía a buscar a Fulgencio.

—Entonces debes ir antes de que ordene mi ejecución por distraerte.

Clara cerró la puerta tras de sí.

—Solo vine a verte un instante.

De debajo del manto sacó tres jazmines mojados. Los había protegido con la mano durante el trayecto desde el patio. Los depositó junto al retrato.

María Ignacia bajó la mirada.

—Siempre encuentras flores, incluso cuando no hay sol.

—Las flores no necesitan permiso del sol.

La frase era sencilla, pero María Ignacia sintió que contenía algo destinado a ella.

Clara vio el diario abierto.

—¿Le escribías a tu madre?

—Sí.

—¿Sobre don Rodrigo?

María Ignacia asintió.

Con Clara no necesitaba fingir. No era la hija del gobernador ni la futura esposa de un hombre poderoso. Era simplemente Ignacia, una joven que echaba de menos a su madre y temía el porvenir.

—Padre quiere anunciar el compromiso antes de la fiesta de la Virgen —dijo—. Cree que no lo sé, pero anoche lo escuché hablando con el secretario.

Clara se acercó.

—Quizá cambie de opinión.

—Mi padre cambia de caballo con más facilidad que de opinión.

—Entonces tendrás que hablarle.

—Ya lo hice.

—¿Y qué dijo?

María Ignacia imitó la voz grave del gobernador.

—«El afecto llega con la convivencia. La seguridad vale más que las fantasías. Tu madre habría comprendido.»

Al mencionar aquellas últimas palabras perdió la sonrisa.

Clara le tomó la mano.

—Tu madre te amaba.

—Precisamente por eso me duele que use su recuerdo para convencerme.

Durante unos segundos solo se oyó la lluvia. María Ignacia apoyó la frente contra la de su amiga, un gesto que habían compartido desde adolescentes cuando alguna de las dos necesitaba valor.

—No permitiré que me envíen a esa casa sin luchar —dijo al fin.

Clara la miró con inquietud.

—¿Qué piensas hacer?

María Ignacia abrió la boca, pero antes de responder una voz tronó desde el corredor.

—¡Clara Chope! ¡Fulgencio no va a venir volando por mucho que reces!

Clara cerró los ojos.

—Debo irme.

—Ve. Y regresa en cuanto puedas.

—Regresaré.

En la puerta se volvió.

—Ignacia.

—¿Sí?

—Las flores tampoco piden permiso para crecer.

María Ignacia permaneció inmóvil después de que se marchara.

Luego volvió al escritorio y escribió aquellas palabras al final de la página.

Clara encontró a Fulgencio en el lugar que Fernanda había predicho: la taberna próxima al puerto.

No estaba borracho, aunque sostenía una taza de aguardiente entre las manos y discutía con un hombre sobre el precio de unas tablas de cedro. Era ancho de hombros, de barba entrecana y manos enormes, marcadas por cortes antiguos. Cuando vio a Clara empapada en la puerta, dejó de hablar.

—¿Qué sucede en la casa grande?

—Una viga se ha abierto.

Fulgencio suspiró como quien recibe noticia de una muerte anunciada.

—¿La del corredor principal?

—Sí.

—Le dije al gobernador que había que cambiarla.

—Fernanda dice que venga inmediatamente.

El carpintero bebió el resto de su aguardiente.

—¿Está muy enfadada?

Clara pensó en las sábanas mojadas, los cubos y el gorro torcido.

—Mucho.

Fulgencio dejó una moneda en la mesa.

—Entonces iremos por la puerta trasera.

Regresaron bajo una lluvia algo menos intensa. Fulgencio llevaba una caja de herramientas y caminaba acompañado por dos ayudantes. Al llegar, Fernanda los esperaba en la galería con los brazos cruzados.

—Qué diligencia —dijo—. Si hubierais tardado un poco más, podríais haber venido a reconstruir la casa desde los cimientos.

Fulgencio se quitó el sombrero.

—Buenos días, doña Fernanda.

—No lo son.

El carpintero examinó la viga. Golpeó la madera con los nudillos, introdujo una hoja estrecha en la grieta y pidió una escalera. Durante varios minutos nadie habló. Hasta Fernanda guardó silencio.

—La lluvia ha terminado de abrirla —dijo él—, pero el daño viene de antes.

—Eso llevo diciendo meses.

—La madera está vencida por dentro. Habrá que apuntalar hoy y sustituir parte de la pieza cuando se seque el techo.

—¿Se caerá?

Fulgencio miró hacia arriba.

—No si hacemos lo que digo.

—¿Y si no?

—Entonces procuraría no dormir debajo.

Fernanda lo fulminó con la mirada.

Los ayudantes comenzaron a colocar puntales. El martilleo resonó por toda la casa, mezclándose con el agua que aún caía de los aleros. Los criados retiraron muebles, extendieron paños y encendieron braseros para secar el corredor.

El gobernador apareció cerca del mediodía.

Don Alonso Álvarez de Toledo era un hombre de cincuenta años, alto, de cabello gris en las sienes y una autoridad que no necesitaba levantar la voz. Vestía aún la casaca azul que utilizaba para recibir a los miembros del Cabildo. Miró la viga, los cubos y la expresión de Fernanda.

—¿Es grave?

—No —respondió ella—. Solo se ha partido el techo de la casa donde duerme vuestra hija.

—La habitación de Ignacia está al otro lado.

—El techo no consulta los planos antes de caer.

El gobernador reprimió una sonrisa.

—Fulgencio, hágase cargo. Que no falte nada.

—Eso costará dinero —advirtió el carpintero.

—Todo cuesta dinero.

Fernanda murmuró algo acerca de que algunas cosas costaban más por haber sido ignoradas. Don Alonso fingió no escucharla y subió la escalera.

María Ignacia oyó sus pasos antes de que llamara.

Cerró el diario y deslizó la llave del pequeño broche. Su padre entró sin esperar respuesta. Durante un instante, al verlo contra la luz gris del corredor, sintió el afecto antiguo que siempre despertaba en ella: recordaba sus manos sosteniéndola cuando aprendió a montar, las historias que le contaba de niña, el modo en que se sentó junto a su cama durante las fiebres.

No era un hombre cruel.

Eso hacía todo más difícil.

—Fernanda afirma que la casa amenaza con enterrarnos —dijo él.

—Fernanda cree que toda dificultad es una conspiración personal.

—Y, sin embargo, casi siempre tiene razón.

Don Alonso se acercó a la ventana.

—Quería hablar contigo.

María Ignacia sintió que el corazón se le encogía.

—¿Sobre don Rodrigo?

Su padre la miró sorprendido.

—Las paredes de esta casa son delgadas.

—Y Fernanda dice que yo leo demasiado.

—No es asunto para bromas.

—Para mí tampoco.

Don Alonso permaneció callado. Afuera, un martillo golpeaba la viga con ritmo regular.

—Don Rodrigo vendrá a cenar dentro de tres días —dijo finalmente—. Quiero que lo recibas con consideración.

—Siempre soy considerada.

—Quiero que lo mires sin prejuicios.

María Ignacia respiró hondo.

—Tiene treinta y siete años más que yo.

—Tiene propiedades, influencia y un nombre respetado.

—No he preguntado por sus propiedades.

—No todo matrimonio nace de un arrebato romántico.

—¿El vuestro sí?

La pregunta quedó entre ellos.

Don Alonso apartó la mirada hacia el retrato de su esposa.

—Amé a tu madre —dijo con voz baja—. Más de lo que tú puedes comprender.

—Entonces comprende por qué no quiero entregar mi vida a un hombre al que no amo.

—Comprendo que eres joven y que crees que el mundo será indulgente contigo.

—No lo creo.

—Cuando yo falte, necesitarás protección.

—Necesitaré libertad.

Don Alonso se volvió. En sus ojos había dolor, pero también aquella dureza que María Ignacia conocía bien.

—La libertad es una palabra hermosa para quien nunca ha tenido que pagar su precio.

—Quizá deba permitirme averiguar cuánto cuesta.

El martillo se detuvo.

Durante un momento la casa entera pareció contener el aliento.

Don Alonso tomó el respaldo de una silla, como si necesitara apoyarse.

—Tu madre habría querido verte segura.

María Ignacia palideció.

—No utilice su memoria para obligarme.

—Ignacia...

—Por favor.

El gobernador la miró largamente. Después asintió una sola vez.

—Hablaremos cuando te hayas calmado.

—Estoy calmada.

—Precisamente eso me preocupa.

Salió sin despedirse.

María Ignacia esperó hasta que sus pasos desaparecieron. Solo entonces abrió el diario y añadió una última línea.

«Madre, hoy he hablado como habría querido hablarte a ti. No sé si he sido valiente o ingrata.»

La tarde fue apagándose lentamente. La lluvia se volvió más fina y finalmente cesó. Sobre Asunción quedó una luz amarillenta que hacía brillar los charcos y las hojas de los naranjos. Desde el río llegó el sonido lejano de una sirena de barco, seguido por las campanas de vísperas.

Fulgencio terminó de asegurar los puntales. Antes de marcharse, examinó otra vez la grieta.

—Esta noche aguantará —dijo.

Fernanda no pareció satisfecha.

—¿Y mañana?

—Mañana también, si Dios no dispone otra cosa.

—Dios tiene asuntos más importantes. Para esto le pago a usted.

Fulgencio sonrió y recogió sus herramientas.

Nelson apareció con una lámpara, inspeccionó los cubos y comentó que la galería parecía la cubierta de un navío. Fernanda le ordenó callar y llevar más leña. Clara regresó a la habitación de María Ignacia con una taza de infusión caliente. Ninguna habló del gobernador. No era necesario.

Cuando cayó la noche, Fernanda recorrió la casa cerrando puertas y ventanas. Comprobó dos veces los cerrojos, apagó las velas del comedor y dejó una lámpara junto a los puntales. Se detuvo bajo la viga.

La grieta parecía más oscura a la luz de la llama.

Fernanda apoyó una mano sobre la madera.

—No te atrevas —murmuró—. Esta casa ha soportado demasiadas cosas para venirse abajo por un poco de agua.

Un sonido leve llegó desde el interior de la viga.

No fue un crujido.

Fue algo parecido a un roce.

Fernanda acercó la lámpara. Entre la madera abierta distinguió un fragmento de tela oscura, atrapado en el hueco. Introdujo dos dedos y tiró con cuidado.

Apareció una pequeña bolsa de cuero, endurecida por los años.

Fernanda miró hacia ambos extremos de la galería. No había nadie.

La guardó bajo el delantal.

Después apagó la lámpara.

Aquella noche, todos creyeron que la tormenta solo había abierto una viga.

Nadie imaginó que también había abierto el pasado.

Capítulo II: "Je suis prêt"

La noche había asentado un silencio pesado sobre la casa de los Álvarez de Toledo, únicamente interrumpido por el goteo moribundo que caía de los aleros hacia la tierra anegada del patio. En el interior de su pequeña alcoba, una estancia estrecha situada al fondo del corredor de servicio donde el olor a encalado fresco jamás lograba desalojar la hu

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