Cien sombras sobre la Tierra

Cien sombras sobre la Tierra

by Evan Kyro

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Siglos después de que un devastador holocausto nuclear obligara a los supervivientes a huir a una estación espacial, la vida en la órbita se agota. La última esperanza reside en un experimento desesperado: enviar a cien jóvenes prisioneros de vuelta a la Tierra para comprobar si vuelve a ser habitable. Valeria Pérez y sus compañeros esperaban encontrar un páramo inerte y radiactivo. En su lugar, descubren una selva frondosa, mutada y salvaje que ha engullido los restos de la antigua civilización. Pero el entorno hostil no es el mayor de sus problemas. Mientras las rencillas internas amenazan con destruir el campamento desde dentro y los recursos escasean, el grupo descubre una verdad aterradora: no están solos. Los descendientes de quienes sobrevivieron en la superficie se han organizado en violentas tribus guerreras y consideran la llegada del grupo como una profanación sagrada. Para sobrevivir en esta nueva y despiadada Tierra, los jóvenes deberán dejar atrás sus diferencias, alzarse contra la tiranía y luchar por su lugar en un mundo que ya no les pertenece. Del autor Evan llega una deslumbrante distopía donde la libertad se paga con sangre.

  • Science Fiction
  • Young Adult
  • Dystopian
  • Post-Apocalyptic
  • YA Dystopian

La caída del cielo

El módulo tiembla como si algo enorme intentara arrancarle las entrañas, y Valeria Pérez aprieta los dientes hasta que le duele la mandíbula. Las correas del arnés se le clavan en los hombros con cada sacudida, y el aire dentro de la cabina huele ya a metal quemado y a miedo.

Las luces rojas de emergencia parpadean sobre ciento tantas caras desencajadas, iluminando a intervalos los ojos abiertos de par en par, las bocas que gritan sin que nadie las oiga por encima del rugido de la reentrada. Una voz metálica repite una advertencia que nadie escucha ya: fallo en los estabilizadores, fallo en los estabilizadores. Valeria conoce ese tono de aviso. Lo ha oído en los simulacros de la estación, cuando todavía creía que aquello era solo un ejercicio y no una sentencia.

Se lleva las manos al cierre del arnés y tira. No cede. El módulo da un bandazo brutal hacia la izquierda y algo se suelta en el techo, una placa de revestimiento que cae girando entre los asientos, y un chico dos filas por delante empieza a gritar que se van a morir, que todos van a morir, con una voz tan aguda que apenas suena humana.

—¡Cállate y agárrate! —le grita Valeria, aunque duda que la oiga.

Consigue liberar el cierre justo cuando una nueva sacudida la lanza contra el respaldo del asiento delantero. No importa. Se arrastra por el pasillo estrecho, agarrándose a lo que puede, buscando a alguien a quien socorrer antes de que sea tarde, aunque no sabe muy bien qué puede hacer ella contra las leyes de la física.

Dos filas más allá, Mateo Rodríguez ya se ha desabrochado el propio arnés y ha cubierto con su cuerpo a la chica pelirroja que tiene al lado. Elena Fernández respira en bocanadas cortas y entrecortadas, con los ojos cerrados y las manos aferradas al bolso lleno de frascos que lleva pegado al pecho como si fuera lo único real en aquel infierno de vibraciones.

—Mírame —le dice Mateo, sujetándole la cara con una mano mientras con el otro brazo la protege de los golpes contra el metal—. Respira despacio. Uno, dos. Otra vez.

—No puedo, no puedo respirar, el aire no entra —jadea ella, y las palabras le salen atropelladas, casi sin sentido.

—Entra. Te lo prometo. Cuenta conmigo.

El módulo entero cruje como si fuera a partirse en dos. Por una de las escotillas laterales, entre el resplandor anaranjado de las llamas de fricción, Valeria alcanza a ver algo verde, denso, que se acerca a una velocidad imposible. Árboles. Miles de árboles.

—¡Impacto! —grita alguien, y la palabra apenas termina de salir cuando el mundo se convierte en ruido puro.

El primer golpe la lanza hacia delante contra un asiento vacío, y el segundo, más brutal, hace que algo en su costado cruja de un modo que no le gusta nada. El módulo se abre paso entre la vegetación arrancando copas de árboles centenarios, quebrando troncos que llevan siglos sin ver el metal de una máquina humana, y el estruendo es tan grande que Valeria deja de oír nada más que un pitido agudo en los oídos.

Cuando el módulo por fin se detiene, encajado de mala manera entre dos troncos partidos, el silencio que sigue resulta casi peor que el ruido.

Dura apenas un segundo.

El humo empieza a llenar la cabina, espeso y negro, saliendo de los paneles de control que chisporrotean con las últimas descargas eléctricas. Una de las pantallas principales estalla en una lluvia de chispas y alguien grita de dolor cerca de la parte delantera.

Carmen Gómez ya se ha soltado el cinturón antes de que el módulo termine de asentarse del todo. Ha visto suficientes accidentes en los conductos de mantenimiento de la estación para saber que el fuego no espera a que nadie se recupere del susto. Localiza el extintor de emergencia sujeto bajo su asiento, lo arranca de un tirón y avanza a trompicones por el pasillo lleno de humo, esquivando cuerpos que aún gritan o que ya no gritan.

—¡Moveos, joder! —grita, empujando a un chico que se ha quedado paralizado mirando las llamas que lamen un panel cerca del suelo.

El depósito de combustible secundario está justo debajo de ese panel. Carmen lo sabe porque memorizó los esquemas del módulo durante el descenso, cuando todavía había tiempo para memorizar cosas. Descarga el extintor sobre las llamas con movimientos precisos, sin perder ni un segundo en preguntarse si el fuego se va a extender antes de que ella pueda evitarlo. El chorro blanco cubre el fuego y lo ahoga, y por un instante lo único que se oye es el siseo de la espuma contra el metal caliente.

—Bien —masculla entre dientes, más para sí misma que para nadie—. Bien, joder, bien.

Al otro lado de la cabina, Paula Alonso ya está de rodillas frente a la consola de comunicaciones, apartando cables sueltos con manos que no dejan de temblar. Lo que ve no le gusta nada. La reentrada ha destrozado la antena principal, ha frito los circuitos del transmisor de largo alcance, y lo único que queda de los sistemas que se suponía debían mantenerlos conectados con la estación es una maraña de placas fundidas y luces que parpadean sin sentido antes de apagarse del todo.

—No, no, no —repite, apretando los dientes—. Esto no puede estar pasando.

Golpea un panel lateral esperando una respuesta que no llega. El silencio de la máquina es más aterrador que cualquier alarma. Sin comunicaciones, nadie en la estación sabrá si han sobrevivido al aterrizaje. Nadie sabrá si el planeta puede sostenerlos con vida o si son solo otros cien cadáveres más, esperando a que alguien allí arriba decida ejecutar al resto de los prisioneros para ahorrar oxígeno.

Valeria se incorpora despacio, con una mano apretada contra las costillas, y mira a su alrededor. El interior del módulo es un caos de humo, gritos ahogados y cuerpos que se arrastran hacia la escotilla de salida buscando aire que no sea tóxico. Nada de aquello se parece al lugar donde se suponía que debían aterrizar. Lo sabe por el ángulo de la luz que entra por las grietas del casco, por la densidad de la vegetación que rodea los restos del módulo. Se han desviado. Muy lejos.

Cuando por fin logran forzar la escotilla principal y salen tambaleándose al exterior, el silencio los golpea de otra manera. No hay alarmas, no hay pitidos, no hay voces metálicas anunciando fallos. Solo un bosque inmenso y verde que se extiende en todas direcciones, denso hasta lo imposible, con árboles que ninguno de ellos ha visto jamás y un cielo gris que cuelga bajo entre las copas.

Nadie dice nada durante un largo instante. Los supervivientes se quedan de pie frente a los restos humeantes del módulo, ciento y pico cuerpos temblando de frío, de miedo, de la conmoción de seguir vivos cuando ninguno estaba seguro de que fuera a pasar.

Valeria mira el bosque que los rodea, tan silencioso que resulta antinatural, y sabe, con una certeza que le hiela la sangre más que cualquier alarma, que aquello no ha hecho más que empezar.

Tierra firme

Valeria llega a la escotilla principal con las costillas ardiendo a cada paso, pero no se detiene. La palanca manual está donde recuerda de los simulacros de emergencia, oculta bajo una placa de seguridad que ya cuelga medio arrancada por el impacto. Tira de ella con las dos manos, apoyando todo el peso de su cuerpo, y el mecanismo cede con un chir

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